Muchos de nosotros nos tomamos la vida como su fuera un juego. Participamos en una eterna competición por casi todo, formando parte de la humanidad, de esta humanidad. Desde que nacemos competimos con nuestros hermanos por el amor de nuestros padres; competimos con otros humanos por conquistar el amor de la persona amada; competimos con nuestros iguales para conseguir el afecto de nuestros amigos; competimos con el resto de la humanidad para alcanzar la aprobación social; competimos…
Nos tomamos la vida como una competición, competimos continuamente, en todo momento, lugar y circunstancias…nos medimos a cada momento con todo y con todos. Entramos, y por tanto aceptamos, en un juego con unas reglas muy concretas.
Las reglas del juego de la vida, parece que están claramente definidas. Se trata de ganar o perder, del todo o la nada. Si no gano, es que pierdo. Si no lo consigo todo, no sirve para nada. Si tú pierdes, que importa si yo gano.
Nos preocupa en qué división jugamos dentro del juego de la vida que se mide por el ranquin social. Miramos que puesto ocupamos en la clasificación de ese ranquin social de la división en la que nos ha tocado jugar. En esta competición no se suman puntos, se trata de ser capaz de acumular el mayor patrimonio posible. Cuanto tienes, cuanto vales.
Cuando estamos en la vorágine de la competición, no valen los términos medios. Todo lo vemos como bueno o malo (para nosotros), nos afecta o no nos afecta (a nosotros), sirve o no sirve (a nuestros intereses).
En el lenguaje competitivo predominan palabras como rendimiento, rentabilidad, contraprestación, ganancia, compensación, utilidad, provecho, beneficio, valioso… Las estrategias se mueven entre la más defensiva hasta la más ofensiva…La mentalidad nos puede dar una visión de la vida de lo más pesimista, o al contrario, todo lo optimista posible…
En todo esto existen muchas cuestiones que no me cuadran, pero no sé muy bien cuales, ni cuanto, ni como. ¿Será que la vida es algo más importante que un simple juego?
miércoles, 12 de enero de 2011
miércoles, 8 de diciembre de 2010
Balance Anual
Llega diciembre y con él las navidades y el final de año. La época navideña es muy propicia para las fiestas, el consumo, grandes encuentros, otros encuentros no tan pequeños, visitas y reuniones familiares…
Nos bebemos los últimos sorbos del año, y devoramos prácticamente los días finales con los que damos por concluido un años más de nuestras vidas. Seguramente, durante estos días festivos y familiares, recordaremos a los seres queridos que ya no están, y que nunca volverán.
Probablemente, estaremos ocupadísimos entre compromisos sociales, personales, laborales, familiares y otros de cualquier índole. Y es posible que no tengamos ni momento para nosotros, aunque solo sean algunos minutos, para tranquilamente estar con nosotros mismos.
Cada final de año, nuestras empresas, instituciones y organizaciones en general, realizan un balance sobre su situación. En este balance, en un sentido estricto, las empresas contabilizan en el activo, todos los bienes y derechos de cobros con que cuentan; mientras que en el pasivo, contabilizan las deudas que tienen con terceros.
Por una vez, podríamos tomar buen ejemplo de estas organizaciones, y autoimponernos hacer balance de cada año que finaliza. Utilizar algunos minutos para tranquilamente, en solitario, hacer un balance personal de nuestra vida en general y del año que finaliza en particular. Sin mentiras, sin falsos pretextos, sin autoengaños condescendientes, sin coartadas ficticias…
Preguntarnos: ¿Cuál es el nuestro patrimonio personal? Por supuesto, no solo ver con qué cosas físicas contamos, se trata además de valorar (de poner en valor) nuestra familia, nuestra carrera profesional, las amistades, la salud… Se trataría de valorar no solo lo que tengo, sino lo que soy. También deberíamos ver qué creemos que nos deben, qué personas están de más en nuestra mochila de la vida. Además, tendríamos que ver a quienes debemos algo, a quienes he fallado últimamente; y por supuesto, que nos debemos a nosotros mismos.
A la hora de realizar nuestro balance anual, podríamos sugerir los siguientes consejos:
-En el qué soy, más que el qué tengo; el planteamiento que deberíamos hacernos es: ¿soy feliz? ¿más o menos feliz que el año pasado? ¿y por qué?
-En el qué nos deben, lo que deberíamos tener claro es: ¿qué personas queremos llevar en nuestra mochila de la vida y quiénes no?
-En el qué debo, deberíamos preguntarnos ¿a quiénes hemos fallado? ¿quiénes son verdaderamente importantes (de importarnos) para nosotros? ¿por qué no lo hacemos, si tan importantes son?
-Además, en el qué debo, está lo que nos debemos a nosotros mismos: ¿de qué nos estamos privando? ¿qué dejamos hacer que nos apetece? ¿a qué estamos renunciando? ¿nos merece la pena?
-Deberíamos preguntarnos ¿cómo es la relación con nuestra familia, con nuestros compañeros de trabajo, con nuestros colaboradores, con nuestros superiores, con las amistades?
Este balance anual puede hacer las veces, perfectamente, de un diagnostico personal de nuestra vida. Después de un buen diagnostico, deberíamos ponernos a pensar en el año nuevo que viene… pero eso lo dejaremos para los primeros días del próximo mes de enero.
Nos bebemos los últimos sorbos del año, y devoramos prácticamente los días finales con los que damos por concluido un años más de nuestras vidas. Seguramente, durante estos días festivos y familiares, recordaremos a los seres queridos que ya no están, y que nunca volverán.
Probablemente, estaremos ocupadísimos entre compromisos sociales, personales, laborales, familiares y otros de cualquier índole. Y es posible que no tengamos ni momento para nosotros, aunque solo sean algunos minutos, para tranquilamente estar con nosotros mismos.
Cada final de año, nuestras empresas, instituciones y organizaciones en general, realizan un balance sobre su situación. En este balance, en un sentido estricto, las empresas contabilizan en el activo, todos los bienes y derechos de cobros con que cuentan; mientras que en el pasivo, contabilizan las deudas que tienen con terceros.
Por una vez, podríamos tomar buen ejemplo de estas organizaciones, y autoimponernos hacer balance de cada año que finaliza. Utilizar algunos minutos para tranquilamente, en solitario, hacer un balance personal de nuestra vida en general y del año que finaliza en particular. Sin mentiras, sin falsos pretextos, sin autoengaños condescendientes, sin coartadas ficticias…
Preguntarnos: ¿Cuál es el nuestro patrimonio personal? Por supuesto, no solo ver con qué cosas físicas contamos, se trata además de valorar (de poner en valor) nuestra familia, nuestra carrera profesional, las amistades, la salud… Se trataría de valorar no solo lo que tengo, sino lo que soy. También deberíamos ver qué creemos que nos deben, qué personas están de más en nuestra mochila de la vida. Además, tendríamos que ver a quienes debemos algo, a quienes he fallado últimamente; y por supuesto, que nos debemos a nosotros mismos.
A la hora de realizar nuestro balance anual, podríamos sugerir los siguientes consejos:
-En el qué soy, más que el qué tengo; el planteamiento que deberíamos hacernos es: ¿soy feliz? ¿más o menos feliz que el año pasado? ¿y por qué?
-En el qué nos deben, lo que deberíamos tener claro es: ¿qué personas queremos llevar en nuestra mochila de la vida y quiénes no?
-En el qué debo, deberíamos preguntarnos ¿a quiénes hemos fallado? ¿quiénes son verdaderamente importantes (de importarnos) para nosotros? ¿por qué no lo hacemos, si tan importantes son?
-Además, en el qué debo, está lo que nos debemos a nosotros mismos: ¿de qué nos estamos privando? ¿qué dejamos hacer que nos apetece? ¿a qué estamos renunciando? ¿nos merece la pena?
-Deberíamos preguntarnos ¿cómo es la relación con nuestra familia, con nuestros compañeros de trabajo, con nuestros colaboradores, con nuestros superiores, con las amistades?
Este balance anual puede hacer las veces, perfectamente, de un diagnostico personal de nuestra vida. Después de un buen diagnostico, deberíamos ponernos a pensar en el año nuevo que viene… pero eso lo dejaremos para los primeros días del próximo mes de enero.
martes, 9 de noviembre de 2010
Una mochila para una vida
Todos nosotros, al nacer venimos al mundo con una mochila imaginaria que llevamos hasta el fin de nuestros días. Esa mochila se va llenando de vivencias, experiencias, pericias, rutinas, costumbres, recuerdos, añoranzas, conocimientos, habilidades, esperanzas, destrezas, miedos, hábitos, talentos, sueños…
También metemos cosas físicas como algunos lugares, ciudades, sitios, habitaciones, prendas de vestir, objetos ya inútiles… Pero además, guardamos personas que están en nuestra vida, que alguna vez estuvieron, o que deseamos que estén pero que no quieren estar o ya no volverán…
Pasamos por la vida guardando de todo en nuestra mochila. De pequeños no sentimos su peso porque es tan ligera que apenas nos damos cuenta que la llevamos con nosotros. En la adolescencia y nuestra juventud, no paramos de llenarla; además pensamos que nuestra mochila aguantará todo el peso, y no caemos en la cuenta que la mochila va sobre nuestra espalda y que su peso será para nosotros para resto de la vida.
La fuerza de nuestra juventud hace que no nos percatemos del volumen y del peso que nuestra mochila va adquiriendo con el paso del tiempo. Pero llega nuestra vida adulta, y es cuando verdaderamente nos vamos dando cuenta de que la mochila pesa, o que a nosotros nos cuesta cada vez más llevar nuestra mochila.
Lo cierto y verdad, es que nos llega el momento de plantearnos como continuar nuestro camino por la vida sin demasiado sufrimiento. Entonces, tenemos que intentar ser más fuertes para soportar el peso de la mochila, o aligerar el peso de la misma, o ambas cosas a la vez.
Aunque lo de ser más fuerte es una buena idea, el paso irremediable del tiempo y la preocupación por nuestra salud, aconsejan que quitemos peso de nuestra mochila.
Una primera recomendación sería deshacernos de los malos recuerdos, olvidar las experiencias dolorosas y dejar de un lado nuestros odios. Después podríamos centrarnos en afrontar nuestros miedos, cambiar los malos hábitos, no reprocharnos nuestras frustraciones y liberarnos de los prejuicios.
Todos mantenemos relaciones durante años con personas que no nos aportan nada personal ni humanamente. Son esas personas que están ahí colgadas de nuestra mochila, haciéndonos sentir más débiles, limando nuestra autoestima, limitan nuestra actuación y solo ponen piedras en el camino.
No hemos tenido el coraje suficiente o quizá nos hemos dejado llevar por la apatía. Pero está claro que no hemos sido capaces de terminar con esas amistades o relaciones “tóxicas”. Tenemos que sacar de nuestra mochila, de nuestras vidas, a las personas “toxicas”. Con educación, sin aspavientos, poco a poco pero sin pausa…pero es indispensable que nos liberemos de esas relaciones. Y si llegamos a la conclusión de que alguna de esas personas, aun como son, nos interesan, tenemos que hacerles ver que no nos están ayudando.
Tampoco estaría mal deshacernos del peso de algunas cosas materiales, que si nos paramos a pensa,r no sabemos muy bien porque las adquirimos. Los que piensan “cuanto tienes, cuanto vales”, tienen chocheras llenas de vehículos que apenas conducen, trasteros llenos de objetos inútiles, buhardillas repletas de artilugios ya anticuados sin apenas ser usados, armarios llenos de ropas que no se ponen…
Mucha gente se percata de todo esto cuando ya no le queda ni fuerza, ni aliento, y lo que es peor, ni tiempo para hacerlo. ¿Estamos preparados? Pongamos todos en orden nuestra mochila.
También metemos cosas físicas como algunos lugares, ciudades, sitios, habitaciones, prendas de vestir, objetos ya inútiles… Pero además, guardamos personas que están en nuestra vida, que alguna vez estuvieron, o que deseamos que estén pero que no quieren estar o ya no volverán…
Pasamos por la vida guardando de todo en nuestra mochila. De pequeños no sentimos su peso porque es tan ligera que apenas nos damos cuenta que la llevamos con nosotros. En la adolescencia y nuestra juventud, no paramos de llenarla; además pensamos que nuestra mochila aguantará todo el peso, y no caemos en la cuenta que la mochila va sobre nuestra espalda y que su peso será para nosotros para resto de la vida.
La fuerza de nuestra juventud hace que no nos percatemos del volumen y del peso que nuestra mochila va adquiriendo con el paso del tiempo. Pero llega nuestra vida adulta, y es cuando verdaderamente nos vamos dando cuenta de que la mochila pesa, o que a nosotros nos cuesta cada vez más llevar nuestra mochila.
Lo cierto y verdad, es que nos llega el momento de plantearnos como continuar nuestro camino por la vida sin demasiado sufrimiento. Entonces, tenemos que intentar ser más fuertes para soportar el peso de la mochila, o aligerar el peso de la misma, o ambas cosas a la vez.
Aunque lo de ser más fuerte es una buena idea, el paso irremediable del tiempo y la preocupación por nuestra salud, aconsejan que quitemos peso de nuestra mochila.
Una primera recomendación sería deshacernos de los malos recuerdos, olvidar las experiencias dolorosas y dejar de un lado nuestros odios. Después podríamos centrarnos en afrontar nuestros miedos, cambiar los malos hábitos, no reprocharnos nuestras frustraciones y liberarnos de los prejuicios.
Todos mantenemos relaciones durante años con personas que no nos aportan nada personal ni humanamente. Son esas personas que están ahí colgadas de nuestra mochila, haciéndonos sentir más débiles, limando nuestra autoestima, limitan nuestra actuación y solo ponen piedras en el camino.
No hemos tenido el coraje suficiente o quizá nos hemos dejado llevar por la apatía. Pero está claro que no hemos sido capaces de terminar con esas amistades o relaciones “tóxicas”. Tenemos que sacar de nuestra mochila, de nuestras vidas, a las personas “toxicas”. Con educación, sin aspavientos, poco a poco pero sin pausa…pero es indispensable que nos liberemos de esas relaciones. Y si llegamos a la conclusión de que alguna de esas personas, aun como son, nos interesan, tenemos que hacerles ver que no nos están ayudando.
Tampoco estaría mal deshacernos del peso de algunas cosas materiales, que si nos paramos a pensa,r no sabemos muy bien porque las adquirimos. Los que piensan “cuanto tienes, cuanto vales”, tienen chocheras llenas de vehículos que apenas conducen, trasteros llenos de objetos inútiles, buhardillas repletas de artilugios ya anticuados sin apenas ser usados, armarios llenos de ropas que no se ponen…
Mucha gente se percata de todo esto cuando ya no le queda ni fuerza, ni aliento, y lo que es peor, ni tiempo para hacerlo. ¿Estamos preparados? Pongamos todos en orden nuestra mochila.
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