Normalmente todos nosotros estamos interactuando con nuestro entorno. Siempre estamos mirando hacia el exterior, hacia nuestro exterior. Vivimos pendientes de nuestro entorno, de de cómo dar respuesta al mismo. Vivimos de forma reactiva, reacción-respuesta. Ocurre algo a nuestro alrededor y allá vamos con nuestra réplica o reacción.
Utilizando de manera retorcida e interesada la “ley de adaptación al medio”, esta sociedad moderna nos prepara para estar siempre alerta de lo que ocurre fuera de nosotros, dejando abandonado a su suerte nuestro interior.
Muchas personas, en algunos días de su vida, de repente, por cualquier acontecimiento especial, y normalmente trágico, se dan cuenta que no tienen respuestas para replicar a lo que le está sucediendo a su alrededor. Entonces, condenados por las circunstancias, miran a su interior buscando respuestas. Normalmente no las encuentran, y si existen, la mayoría de las veces no son de agrado.
El ser humano en general, necesita cierto aprendizaje para cualquier tarea, incluso para las más cotidianas. Esta afirmación también es aplicable al funcionamiento mental de las personas. Por tanto, ni no tenemos cierto habito de mirar hacia nuestro interior, lo normal es que cuando llegue el momento, normalmente no elegido, de que tenemos la necesidad de esta introspección, necesitaremos más tiempo que el que desearíamos, para obtener respuestas.
Normalmente, cuando empezamos a mirar en nuestro interior, a navegar por nuestra propia conciencia, en los estados iniciales de esta sana actividad, normalmente como ocurre cuando entramos en una habitación por primera vez, nos llamará la atención el posible desorden, la suciedad, las manchas…aunque terminemos buscando ese cuadro en la pared que si nos agrada o alegra la vista.
Si por cualquier acontecimiento, nos vemos arrastrados a mirarnos hacia dentro, a la pesadumbre que acarreamos, se le unirá el caos del desorden interior de nuestra propia conciencia. De ahí la importancia de que tomemos conciencia de la importancia de parar de vez en cuando, dejar de “vigilar” nuestro entorno y adentrarse en las desconocidas aguas de nuestra conciencia.
Como cualquier actividad, necesita su tiempo y su técnica. Si adquirimos ese hábito de la introspección, cada vez sentiremos más control sobre está acción que se transformará en una mayor sensación de control de nuestras vidas, y mayor sentimiento de independencia de la circunstancias y acontecimientos que se suceden en nuestro entorno.
Te invito a que adquieras este hábito: disfrutar de la quietud y paz interior al zambullirme desnudo para bucear en mi propia conciencia.
miércoles, 9 de marzo de 2011
lunes, 14 de febrero de 2011
Tomando Plena Conciencia
En nuestra moderna sociedad contemporánea todos andamos metidos en nuestras “cómodas rutinas” que parecen que nos hacen la vida más fácil. Aprendemos cómo hacer una cosa, y lo grabamos en nuestro disco duro (cerebro) para repetirlo de la misma manera el resto de nuestra vida. Parece, que de esta forma, nuestro cerebro y nuestra mente economizan energía para poder usarla en otras tareas, supuestamente más importantes.
Todos hemos tenido alguna vez la sensación de que somos autómatas. A sonado el despertador, nos hemos levando del mismo lado de la cama, las zapatillas de casa estaban donde debían estar, hemos entrado en el cuarto de baño, hemos desarrollado todas nuestras rutinas, hemos preparado el café, hemos ojeado algo parecido a lo de todas las mañanas mientras dábamos los últimos sorbos, hemos ido de camino (por el mismos de siempre) al trabajo, nos hemos sentado, hemos encendido el ordenador, hemos abierto el correo…
Algún día que otro, las zapatillas de casa no están donde debieran, o nos falta pasta de dientes, o no encontramos la corbata que nos ponemos siempre con este traje, o nos hemos quedado sin azúcar para el café, o una de las calles hacia el trabajo está cortada…y entonces nos alteramos al ver alterada nuestra “maravillosa” rutina del “lo tengo todo controlado”.
Este es solo un pequeño ejemplo de las cómodas rutinas que nos llevan al automatismo, y que nos hacen perder una actitud consciente de todo lo que nos va ocurriendo segundo a segundo en nuestras vidas. Parece un dilema difícil de de entender. Si hacemos cosas automáticamente para supuestamente utilizar los recursos de nuestra mente en acciones más provechosas, ¿por qué, entonces, utilizamos otras actividades para mantener la mente ocupada?
Cuando conducimos necesitamos poner la radio o música, cuando trabajamos nos dejamos acompañar por el hilo musical del ordenador, cuando nos desplazamos por la calle o en el transporte público llevamos nuestros auriculares o algo para leer. Llegamos a casa y lo primero que hacemos es encender la televisión o la radio o poner música para no sentirnos solos…
Nos movemos en un continuo vaivén entre desocupar la mente con los automatismos y rutinas por un lado; y por otro lado ese ocupar la mente para poder controlar nuestros pensamientos. En esta especie de baile de vals con la vida, vivimos engañados pensando que sabemos los pasos y que nosotros llevamos el ritmo de la música.
Hemos dejado de ser plenamente conscientes de cómo transcurre nuestra vida. Debemos recuperar la Plena Conciencia de lo que ocurre en nuestras vidas y a nuestro alrededor. Podemos empezar por las pequeñas cosas. Cuando realices cualquier actividad cotidiana, párate, obsérvate, piensa en cada movimiento, en cada acción, en cada sensación, en cada pensamiento, se plenamente consciente de lo estás haciendo. Podemos recuperar el placer por hacer las cosas y hacerlas bien.
Prueba a ir en silencio conduciendo hacía el trabajo, observa a las personas de los otros vehículos en el semáforo, presta atención a los peatones que cruzan por el paso de cebra, fíjate en todas esas cosas que estaban todos los días ahí y que hasta hoy no te has percatado de su presencia…
Deja el libro en casa para ir en el transporte público, no te pongas los auriculares, no escuches música si sales a correr… advierte las cosas y las personas que están en tu camino, escucha el ruido de la calle, el sonido de los aparatos y edificios, las conversaciones de las personas, observa a esa pareja mirándose, la sonrisa de ese bebe…
Cuando llegues a casa y cierres la puerta, párate, observa tu hogar, vuelve a mirar los cuadros, los adornos, la disposición de tus muebles, piensa en los tuyos que están en esas fotos… Cierra lo ojos, respira hondo, alcanza a sentir ese olor familiar como cuando llegas de un largo viaje. Mira en todas las habitaciones con todos sus recuerdos, abre los armarios y cajones que te contarán muchas historias…
Por último, siéntate o túmbate en tu lugar favorito de tu casa, ese sitio donde ves pasar toda tu vida familiar. Ahora cierra los ojos, respira hondo, siente como el aire de tu hogar entra y recorre todo tu cuerpo… Sin apenas darnos cuenta hemos tomado plena conciencia de nuestra vida.
Todos hemos tenido alguna vez la sensación de que somos autómatas. A sonado el despertador, nos hemos levando del mismo lado de la cama, las zapatillas de casa estaban donde debían estar, hemos entrado en el cuarto de baño, hemos desarrollado todas nuestras rutinas, hemos preparado el café, hemos ojeado algo parecido a lo de todas las mañanas mientras dábamos los últimos sorbos, hemos ido de camino (por el mismos de siempre) al trabajo, nos hemos sentado, hemos encendido el ordenador, hemos abierto el correo…
Algún día que otro, las zapatillas de casa no están donde debieran, o nos falta pasta de dientes, o no encontramos la corbata que nos ponemos siempre con este traje, o nos hemos quedado sin azúcar para el café, o una de las calles hacia el trabajo está cortada…y entonces nos alteramos al ver alterada nuestra “maravillosa” rutina del “lo tengo todo controlado”.
Este es solo un pequeño ejemplo de las cómodas rutinas que nos llevan al automatismo, y que nos hacen perder una actitud consciente de todo lo que nos va ocurriendo segundo a segundo en nuestras vidas. Parece un dilema difícil de de entender. Si hacemos cosas automáticamente para supuestamente utilizar los recursos de nuestra mente en acciones más provechosas, ¿por qué, entonces, utilizamos otras actividades para mantener la mente ocupada?
Cuando conducimos necesitamos poner la radio o música, cuando trabajamos nos dejamos acompañar por el hilo musical del ordenador, cuando nos desplazamos por la calle o en el transporte público llevamos nuestros auriculares o algo para leer. Llegamos a casa y lo primero que hacemos es encender la televisión o la radio o poner música para no sentirnos solos…
Nos movemos en un continuo vaivén entre desocupar la mente con los automatismos y rutinas por un lado; y por otro lado ese ocupar la mente para poder controlar nuestros pensamientos. En esta especie de baile de vals con la vida, vivimos engañados pensando que sabemos los pasos y que nosotros llevamos el ritmo de la música.
Hemos dejado de ser plenamente conscientes de cómo transcurre nuestra vida. Debemos recuperar la Plena Conciencia de lo que ocurre en nuestras vidas y a nuestro alrededor. Podemos empezar por las pequeñas cosas. Cuando realices cualquier actividad cotidiana, párate, obsérvate, piensa en cada movimiento, en cada acción, en cada sensación, en cada pensamiento, se plenamente consciente de lo estás haciendo. Podemos recuperar el placer por hacer las cosas y hacerlas bien.
Prueba a ir en silencio conduciendo hacía el trabajo, observa a las personas de los otros vehículos en el semáforo, presta atención a los peatones que cruzan por el paso de cebra, fíjate en todas esas cosas que estaban todos los días ahí y que hasta hoy no te has percatado de su presencia…
Deja el libro en casa para ir en el transporte público, no te pongas los auriculares, no escuches música si sales a correr… advierte las cosas y las personas que están en tu camino, escucha el ruido de la calle, el sonido de los aparatos y edificios, las conversaciones de las personas, observa a esa pareja mirándose, la sonrisa de ese bebe…
Cuando llegues a casa y cierres la puerta, párate, observa tu hogar, vuelve a mirar los cuadros, los adornos, la disposición de tus muebles, piensa en los tuyos que están en esas fotos… Cierra lo ojos, respira hondo, alcanza a sentir ese olor familiar como cuando llegas de un largo viaje. Mira en todas las habitaciones con todos sus recuerdos, abre los armarios y cajones que te contarán muchas historias…
Por último, siéntate o túmbate en tu lugar favorito de tu casa, ese sitio donde ves pasar toda tu vida familiar. Ahora cierra los ojos, respira hondo, siente como el aire de tu hogar entra y recorre todo tu cuerpo… Sin apenas darnos cuenta hemos tomado plena conciencia de nuestra vida.
miércoles, 12 de enero de 2011
El Juego de la Vida
Muchos de nosotros nos tomamos la vida como su fuera un juego. Participamos en una eterna competición por casi todo, formando parte de la humanidad, de esta humanidad. Desde que nacemos competimos con nuestros hermanos por el amor de nuestros padres; competimos con otros humanos por conquistar el amor de la persona amada; competimos con nuestros iguales para conseguir el afecto de nuestros amigos; competimos con el resto de la humanidad para alcanzar la aprobación social; competimos…
Nos tomamos la vida como una competición, competimos continuamente, en todo momento, lugar y circunstancias…nos medimos a cada momento con todo y con todos. Entramos, y por tanto aceptamos, en un juego con unas reglas muy concretas.
Las reglas del juego de la vida, parece que están claramente definidas. Se trata de ganar o perder, del todo o la nada. Si no gano, es que pierdo. Si no lo consigo todo, no sirve para nada. Si tú pierdes, que importa si yo gano.
Nos preocupa en qué división jugamos dentro del juego de la vida que se mide por el ranquin social. Miramos que puesto ocupamos en la clasificación de ese ranquin social de la división en la que nos ha tocado jugar. En esta competición no se suman puntos, se trata de ser capaz de acumular el mayor patrimonio posible. Cuanto tienes, cuanto vales.
Cuando estamos en la vorágine de la competición, no valen los términos medios. Todo lo vemos como bueno o malo (para nosotros), nos afecta o no nos afecta (a nosotros), sirve o no sirve (a nuestros intereses).
En el lenguaje competitivo predominan palabras como rendimiento, rentabilidad, contraprestación, ganancia, compensación, utilidad, provecho, beneficio, valioso… Las estrategias se mueven entre la más defensiva hasta la más ofensiva…La mentalidad nos puede dar una visión de la vida de lo más pesimista, o al contrario, todo lo optimista posible…
En todo esto existen muchas cuestiones que no me cuadran, pero no sé muy bien cuales, ni cuanto, ni como. ¿Será que la vida es algo más importante que un simple juego?
Nos tomamos la vida como una competición, competimos continuamente, en todo momento, lugar y circunstancias…nos medimos a cada momento con todo y con todos. Entramos, y por tanto aceptamos, en un juego con unas reglas muy concretas.
Las reglas del juego de la vida, parece que están claramente definidas. Se trata de ganar o perder, del todo o la nada. Si no gano, es que pierdo. Si no lo consigo todo, no sirve para nada. Si tú pierdes, que importa si yo gano.
Nos preocupa en qué división jugamos dentro del juego de la vida que se mide por el ranquin social. Miramos que puesto ocupamos en la clasificación de ese ranquin social de la división en la que nos ha tocado jugar. En esta competición no se suman puntos, se trata de ser capaz de acumular el mayor patrimonio posible. Cuanto tienes, cuanto vales.
Cuando estamos en la vorágine de la competición, no valen los términos medios. Todo lo vemos como bueno o malo (para nosotros), nos afecta o no nos afecta (a nosotros), sirve o no sirve (a nuestros intereses).
En el lenguaje competitivo predominan palabras como rendimiento, rentabilidad, contraprestación, ganancia, compensación, utilidad, provecho, beneficio, valioso… Las estrategias se mueven entre la más defensiva hasta la más ofensiva…La mentalidad nos puede dar una visión de la vida de lo más pesimista, o al contrario, todo lo optimista posible…
En todo esto existen muchas cuestiones que no me cuadran, pero no sé muy bien cuales, ni cuanto, ni como. ¿Será que la vida es algo más importante que un simple juego?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

