Nos adentramos de pleno en el verano, en las vacaciones de los estudiantes, en ese hacer balance del curso escolar, social y político. Los que tenemos hijos, y los que no también, andamos preguntado y analizado las notas académicas de esas personas a las que tanto queremos.
Miramos a nuestros hijos con la preocupación de que deben obtener la formación académica y profesional que les permita “ganarse la vida” de una manera honrada. Que deben adquirir cierta capacitación profesional para adentrarse en el mundo laboral. Y por supuesto, nos implicamos en ofrecerles una educación integral como personas.
Todo lo expuesto hasta ahora, creo que lo aceptaría cualquier persona sensata. Pero, ¿qué pasa con las emociones? ¿educamos a nuestros hijos emocionalmente? ¿los preparamos para andar desnudos por la vida? Deberíamos de empezar a preocuparnos por la alfabetización emocional de nuestros hijos con la misma pasión que cuidamos de su educación integral, porque si falta la emocional, no es integral.
Deberíamos de comenzar a trabajar sobre la percepción, ya que la realidad no es lo que nosotros vemos, esa es nuestra realidad. Una percepción lo más correcta posible de la realidad es un buen punto de partida para trabajar con nuestras emociones.
Primero tenemos que aprender a oír los pensamientos, a no identificarnos con ellos, hacerles entender que esa voz que escuchan continuamente no son ellos para a continuación, explicarles que no deben dejarse atrapar por los pensamientos. Si te dejas atrapar por los pensamientos tendrás una visión de la realidad totalmente distorsionada.
El siguiente paso sería, no entrar a valorar las emociones como buenas o malas, es una forma más de distorsionar la realidad y el análisis de nuestras propias emociones. No puedes reconocer bien una emoción si previamente ya le has puesto la etiqueta de mala o buena.
Decirlo parece fácil, pero permanecer imparcial ante una emoción es muy difícil. Sobre todo, porque la mente nos intentará distraer, ya sea en forma de estímulo externo, ya sea por el comportamiento automatizado debido a experiencias anteriores, o por último, ya sea por un deseo a futuro que tenemos en nuestra mente.
Casi toda la literatura sobre el tema de la alfabetización emocional se adentra con demasiada impaciencia en la prescripción de recetas sobre inteligencia emocional o si a caso, sobre habilidades sociales. Pero se echa de menos, el que la persona mire a su interior, no solo analice como se siente, que está bien, pero que sea capaz de tomar conciencia de las emociones sin dejarse arrastrar por su mente ni por sus pensamientos.
La alfabetización emocional debería comenzar por lo expuesto hasta ahora. Apercibirse de los propios pensamientos, qué sentimientos tenemos, qué sensaciones nos producen, cómo nos sentimos, percibir incluso qué sensaciones corporales nos producen y, muy importante, qué reacciones están provocando en nosotros.
Por último, es clave que entiendan que expresar sus emociones no es malo, que expresar facilita la comunicación. Pero la comunicación de las emociones debe ser el final, no el principio. Cuando cualquier emoción nos “secuestra”, toma la iniciativa y se manifiesta en forma de palabra, gesto o expresión, normalmente desproporcionada.
El proceso puede parecer algo simple, pero no es sencillo, necesita aprendizaje. Nuestros hijos pueden aprenderlo ejercitándolo, pero no podemos olvidar el mejor método de aprendizaje con el que contamos los adultos, el ejemplo. De nada sirve que pidamos o enseñemos un determinado comportamiento, si después nosotros mismos no lo ponemos en práctica.
Con la alfabetización emocional ayudaremos a nuestros hijos a alcanzar una percepción más correcta de la realidad, a conseguir un mayor y mejor autocontrol, a que tengan un sentido de la realidad acorde con su edad y su capacidad metal e intelectual, a lograr una mayor resistencia a adversidad…a descubrir y obtener el éxito en forma de felicidad. Enseñar a nuestros hijos a vivir consigo mismos y con los demás.
( este artículo también en: www.sercompetentes.com )
martes, 12 de julio de 2011
jueves, 19 de mayo de 2011
Principio de Multifactorialidad
Cuando se afronta la declaración de un Principio de manera formal, se trata de presentar una serie de normas o reglas usadas para afrontar un determinado problema o situación. A continuación expondremos nuestra propuesta sobre el Principio de Multifactorialidad, de acuerdo a las normas o reglas siguientes:
Primera Regla y Principal: Todas las situaciones y acontecimientos que se producen el universo son producto de una multiplicidad de factores.
Segunda Regla: La influencia, incidencia o afectación sobre la situación actual de cualquier acontecimiento de cada uno de los factores suele ser diferente. Es la que llamamos nivel de influencia del factor.
Tercera Regla: Cualquier cambio que se produzca en uno de los factores que determinan una situación, producirá a su vez un cambio en dicha situación, alterando el nivel de influencia de todos los factores en la nueva situación.
Cuando ocurre algo importante en nuestras vidas que nos inquieta, que nos interesa, que nos preocupa…, buscamos siempre el motivo o la causa del mismo. Y no se sabe muy bien porque, pero casi todos nosotros nos centramos en una causa, en un solo motivo. Parece que tenemos que buscar al culpable de nuestro mal, o al responsable de nuestra felicidad, o a quién nos amenaza…; u otras veces focalizamos el problema o la situación en una causa concreta obviando las demás.
Sabemos que los principios son normas de conducta que orientan la acción del ser humano. Todos tenemos “nuestros principios” para guiarnos por la vida, esas reglas de comportamiento o normas de uso personal para escoger las soluciones a problemas o alternativas a situaciones.
Nuestros principios son como nuestras normas internas, nuestras creencias básicas para manejarnos por la vida de una forma correcta (¿correcta o feliz?). Son nuestros principios los que nos ayudan a relacionarnos con nosotros mismos, con los otros y con el universo en general.
Los seres humanos nos aferramos a nuestros principios como esas verdades fundamentales sin las que nuestras vida no tendría sentido y ni podríamos entender el mundo que nos rodea. Nuestros principios propician nuestros valores, nuestra conciencia y nuestra espiritualidad.
Principios, valores, conciencia, espiritualidad…, vinculados a nuestra libertad individual. Son nuestra elección personal sin coacción externa ni ajena, aunque eso si, influidos por nuestro entorno y el contexto, pero una elección personal al fin.
Abracemos el Principio de Multifactorialidad, la idea de la multiplicidad. Múltiple es variado, de muchas maneras, lo contrario de simple, y por que no, abundante. Nos encontramos en un modelo multifactorial dinámico de cambio continuo, esto significa además, que todo está interrelacionado entre sí.
Si adoptamos entre nuestros principios, el Principio de Multifactorial, adquirimos valores como diversidad, interrelacionalidad y amplitud de miras, adquirimos conciencia de nosotros mismos y de nuestra situación con respecto al mundo, adquirimos una nueva dimensión en nuestra espiritualidad, y sobre todo un desarrollo personal armónico con nosotros mismos, con los otros y con el universo en general.
Primera Regla y Principal: Todas las situaciones y acontecimientos que se producen el universo son producto de una multiplicidad de factores.
Segunda Regla: La influencia, incidencia o afectación sobre la situación actual de cualquier acontecimiento de cada uno de los factores suele ser diferente. Es la que llamamos nivel de influencia del factor.
Tercera Regla: Cualquier cambio que se produzca en uno de los factores que determinan una situación, producirá a su vez un cambio en dicha situación, alterando el nivel de influencia de todos los factores en la nueva situación.
Cuando ocurre algo importante en nuestras vidas que nos inquieta, que nos interesa, que nos preocupa…, buscamos siempre el motivo o la causa del mismo. Y no se sabe muy bien porque, pero casi todos nosotros nos centramos en una causa, en un solo motivo. Parece que tenemos que buscar al culpable de nuestro mal, o al responsable de nuestra felicidad, o a quién nos amenaza…; u otras veces focalizamos el problema o la situación en una causa concreta obviando las demás.
Sabemos que los principios son normas de conducta que orientan la acción del ser humano. Todos tenemos “nuestros principios” para guiarnos por la vida, esas reglas de comportamiento o normas de uso personal para escoger las soluciones a problemas o alternativas a situaciones.
Nuestros principios son como nuestras normas internas, nuestras creencias básicas para manejarnos por la vida de una forma correcta (¿correcta o feliz?). Son nuestros principios los que nos ayudan a relacionarnos con nosotros mismos, con los otros y con el universo en general.
Los seres humanos nos aferramos a nuestros principios como esas verdades fundamentales sin las que nuestras vida no tendría sentido y ni podríamos entender el mundo que nos rodea. Nuestros principios propician nuestros valores, nuestra conciencia y nuestra espiritualidad.
Principios, valores, conciencia, espiritualidad…, vinculados a nuestra libertad individual. Son nuestra elección personal sin coacción externa ni ajena, aunque eso si, influidos por nuestro entorno y el contexto, pero una elección personal al fin.
Abracemos el Principio de Multifactorialidad, la idea de la multiplicidad. Múltiple es variado, de muchas maneras, lo contrario de simple, y por que no, abundante. Nos encontramos en un modelo multifactorial dinámico de cambio continuo, esto significa además, que todo está interrelacionado entre sí.
Si adoptamos entre nuestros principios, el Principio de Multifactorial, adquirimos valores como diversidad, interrelacionalidad y amplitud de miras, adquirimos conciencia de nosotros mismos y de nuestra situación con respecto al mundo, adquirimos una nueva dimensión en nuestra espiritualidad, y sobre todo un desarrollo personal armónico con nosotros mismos, con los otros y con el universo en general.
viernes, 8 de abril de 2011
Esas pequeñas cosas
Esa ventana del dormitorio que no termina de cerrar bien, esa rozadura en la pared del jardín, esa planta que tengo que cambiar de tiesto, esa mínima perdida de agua que tiene el grifo del cuarto de baño, la cerradura de la azotea que da trabajo para cerrarla, los cinco minutos que adelanta el reloj del salón de casa, ese enchufe que nunca termina de funcionar bien…
Todos tenemos esas pequeñas cosas que necesitan que atendamos y que nos tropezamos a diario con ellas, pero que nunca terminamos de arreglar. Incluso se han convertido en parte de nuestro paisaje.
Recurriendo a la metáfora, todos tenemos esas pequeñas cosas en nuestra vida que no nos dejan ser mejores, o que nos impiden serlo cuando son muchas pequeñas cosas. Ese montón de cartas del banco sin ordenar, esa manía de salir y llegar siempre con la hora justa, el evitar un saludo por el simple echo de nuestra timidez, culpar al funcionamiento del móvil para no devolver esa llamada, esas pequeñas mentiras “sin importancia” que nos sirven para hacer lo que nos da la gana, pareciendo que hemos hecho lo debido para cumplir con esa persona…
Deberíamos hacer un recuento de todas esas pequeñas cosas que no funcionan como deben en casa, en el trabajo, en nuestro comportamiento, en nuestra vida… Esta infinidad de “esas pequeñas cosas” que no son como consideramos nosotros como deben ser, nos cansan, nos irritan y sobre todo nos absorben la energía de forma parasitaria. Energía que necesitamos para ser más felices haciendo las cosas que hemos escogido hacer.
Comienza poco a poco, no intentes hacerlo todo en unos cuantos días. Encuentra el equilibrio sin concederte tregua pero dándote tu tiempo. Comienza tu gran cambio con esas pequeñas cosas.
Todos tenemos esas pequeñas cosas que necesitan que atendamos y que nos tropezamos a diario con ellas, pero que nunca terminamos de arreglar. Incluso se han convertido en parte de nuestro paisaje.
Recurriendo a la metáfora, todos tenemos esas pequeñas cosas en nuestra vida que no nos dejan ser mejores, o que nos impiden serlo cuando son muchas pequeñas cosas. Ese montón de cartas del banco sin ordenar, esa manía de salir y llegar siempre con la hora justa, el evitar un saludo por el simple echo de nuestra timidez, culpar al funcionamiento del móvil para no devolver esa llamada, esas pequeñas mentiras “sin importancia” que nos sirven para hacer lo que nos da la gana, pareciendo que hemos hecho lo debido para cumplir con esa persona…
Deberíamos hacer un recuento de todas esas pequeñas cosas que no funcionan como deben en casa, en el trabajo, en nuestro comportamiento, en nuestra vida… Esta infinidad de “esas pequeñas cosas” que no son como consideramos nosotros como deben ser, nos cansan, nos irritan y sobre todo nos absorben la energía de forma parasitaria. Energía que necesitamos para ser más felices haciendo las cosas que hemos escogido hacer.
Comienza poco a poco, no intentes hacerlo todo en unos cuantos días. Encuentra el equilibrio sin concederte tregua pero dándote tu tiempo. Comienza tu gran cambio con esas pequeñas cosas.
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